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samedi 19 décembre 2015

El esplendido Adagio d'Alibinoni es una creación del musicólogo italiano Remo Giazotto



"El Adagio es una composición de 1945 del musicólogo italiano Remo Giazotto. Giazotto es especialmente conocido por su clasificación y catalogación de las obras de Albinoni. Cuando la Biblioteca Nacional de Dresde fue destruida durante la Segunda Guerra Mundial, gran parte de la obra de Albinoni se perdió. Fue entonces cuando Giazotto dijo haber encontrado un fragmento manuscrito de 6 compases del compositor barroco, en el que se había basado para reconstruir este Adagio en sol menor. Sin embargo, investigaciones posteriores han revelado que tal manuscrito jamás existió y que la obra había sido compuesta enteramente por Giazotto. ¡Curiosamente, este autor contemporáneo en lugar de reclamarla, delegó la propiedad intelectual de su obra! Quizás Giazotto era consciente de que una obra así no tenía cabida en el repertorio “culto” contemporáneo y pretendía darla a conocer como barroca. En cualquier caso, el resultado de su estratagema es cuando menos paradójico: al final resulta que Albinoni es más conocido por la única obra de su catálogo que jamás compuso.

Contemporáneo o barroco, este magnífico Adagio ha pasado a formar parte de la cultura popular: se ha utilizado en numerosas películas, anuncios, programas y actuaciones de todo tipo. Se ha transcrito para otros instrumentos solistas, agrupaciones instrumentales o corales. Se han realizado adaptaciones a otros estilos musicales (The Doors, por ejemplo, utiliza el Adagio como fondo en su tema Feast of Friends, mientras Jim Morrison recita un poema, Yngwie J. Malmsteen se inspiró en él para componer su Icarus Dream Suite Op.4, Sarah Brightman le ha puesto incluso letra). Ha pasado, en definitiva, a formar parte de nuestra cultura y nuestra sensibilidad común, por encima de otras obras supuestamente más “contemporáneas”, que sin embargo, tan poco nos conmueven y tan poco nos representan."


                                          

jeudi 10 décembre 2015

«LA PRESSE EST EN TRAIN DE PASSER LES BORNES AVEC LES INFORMATIONS - 2 décembre 2010 - Par Miguel Oscar Menassa


Moi, il me semble qu’ils sont en train de passer les bornes avec les nouvelles, et que c’est ainsi que l’on enlève de l’importance aux nouvelles graves. Ils mélangent, en titres et en espace, les irrégularités des États-Unis qui, dans quelques cas, en arrivent à la torture illégale, aux assassinats et aux crimes de guerre, avec la bombe atomique de la Corée du Nord, la déroute du Real Madrid et le silence imposé à Mourinho parce que, en réalité, c’est une langue pendue.
Tout ceci mélangé avec les manœuvres antieuropéennes de l’Allemagne et de la France et tout ceci, je dis, mélangé et sans ingénuité avec ce que, en Argentine, les femmes consultent leurs maris sur le chemin à suivre.
Après tout, ce qu’est en train de faire les États-Unis contre la liberté, pourquoi est-ce mal que la Chine révise les contenus d’Internet ? Quand la Chine révise les contenus, il n’existe pas de liberté de presse dans ce pays ; quand les États-Unis génèrent une information pour en cacher d’autres et poursuit de manière implacable ceux qui suggèrent des informations contre eux, ils font un bien à la communauté internationale.
D’abord ils pourrissent le monde et ensuite ils rendent coupables de l’odeur à pourri des pays et des personnes qui ne sont pas en leur faveur.
La manœuvre du capitalisme pour cacher le mauvais et faire ressortir le bon a plus d’un siècle de vigueur, mais nous n’avions jamais atteint un niveau d’immoralité, de férocité et de manque d’éthique comme en ce moment.
J’insiste que les moyens de diffusion sont coupables aussi, en mélangeant le bon, le très bon, le mauvais et le pire ils font que le lecteur n’a que deux sorties : rejeter toute l’information, comme l’a fait la Chine, pour absurde, ou bien donner crédibilité à toute l’information, ce par quoi je perds toutes les limites entre le bon, le mauvais et le pire, et, par conséquent, je deviens fou, comme cela arrive à toute la société nord-américaine et à ses alliés européens, au moins la France, l’Allemagne et peut-être l’Angleterre.
Et maintenant une véritable nouvelle : la presse écrite perd des milliers d’euros journellement, des centaines de mille, et ils continuent à paraitre et ils continuent à dire des bêtises et ils continuent à tromper les habitants.
Ce n’est pas mal de se demander qui lave l’argent dans la presse écrite ? Le narcotrafic, la vente d’enfants, la prostitution infantile ou, directement, quelque banque ?
J’espère que vous passiez de très bonnes fêtes, douleur et honte pour tout le monde.


Le psychanalyste à la retraite
Miguel Oscar Menassa
Traduction Sylvie Lachaume


                                                                   
                                 Baile Flamenco - 65x81 cm - Miguel Oscar Menassa


                                     Les siècles à venir - 40x40 cm - Miguel Oscar Menassa 
  

                                    Naviguer pour naviguer - 50x40 cm - Miguel Oscar Menassa

                                              Peintures promotionnée par Sylvie Lachaume
                                                  sur : Miguel Oscar Menassa en Ibiza

dimanche 6 décembre 2015

ISIDORE DUCASSE – CONDE DE LAUTRÉAMONT: Los Cantos de Maldoror – Canto primero – 6



Hay que dejarse crecer las uñas durante quince días. Entonces, qué grato resulta arrebatar brutalmente de su lecho a un niño que aún no tiene vello sobre el labio superior y, con los ojos muy abiertos, hacer como si se le pasara suavemente la mano por la frente, llevando hacia atrás sus hermosos cabellos. Inmediatamente después, en el momento en que menos lo espera, hundir las largas uñas en su tierno pecho, pero evitando que muera, pues si muriera, no contaríamos más adelante con el aspecto de sus miserias. Luego se le sorbe la sangre lamiendo sus heridas, y durante ese tiempo, que debería tener la duración de la eternidad, el niño llora. No hay nada tan agradable como su sangre, obtenida del modo que acabo de referir, y bien caliente todavía, a no ser sus lágrimas, amargas como la sal. Hombre, ¿nunca has probado el sabor de tu sangre, cuando por accidente te has cortado un dedo? Es deliciosa, ¿no es cierto?, porque no tiene ningún sabor. Además, ¿no recuerdas el día que, en medio de lúgubres reflexiones, llevabas la mano formando una concavidad hasta tu rostro enfermizo empapado por algo que caía de tus ojos; la cual mano se dirigía luego fatalmente hacia la boca que bebía a largos sorbos, en esa copa trémula, como los dientes del alumno que mira de soslayo a aquel que nació para oprimirlo, las lágrimas? Son deliciosas, ¿no es cierto?, porque tienen el sabor del vinagre. Se dirían las lágrimas de la que ama apasionadamente; pero las lágrimas del niño dan más placer al paladar. El niño no traiciona pues todavía no conoce el mal, mientras la que ama apasionadamente acaba por traicionar, tarde o temprano… lo que adivino por analogía, aunque ignoro que son la amistad y el amor (y es probable que nunca los acepte, por lo menos de parte de la raza humana). Y ya que tu sangre y tus lágrimas no te disgustan, aliméntate, aliméntate con confianza de las lágrimas y de la sangre del adolescente. Tenle vendados los ojos mientras tú desgarras su carne palpitante; y después de haber oído por largas horas sus gritos sublimes, similares a los estertores penetrantes que lanzan en una batalla las gargantas de los heridos en agonía, te apartarás de pronto como un alud, y te precipitarás desde la habitación vecina, simulando acudir en su ayuda. Le soltarás las manos de venas y nervios hinchados, permitirás que vean nuevamente sus ojos despavoridos, y te pondrás a lamer otra vez sus lágrimas y su sangre. ¡Qué auténtico es entonces el arrepentimiento! La chispa divina que existe en nosotros y que sólo muy pocas veces se revela, aparece demasiado tarde. Cómo rebosa el corazón al poder consolar al inocente a quien se ha hecho tanto daño: “Adolescente que acabas de sufrir dolores crueles, ¿quién ha sido capaz de cometer en ti un crimen que no sé cómo calificar? ¡Desdichado de ti! ¡Cómo debes sufrir! Si lo supiera tu madre, no estaría ella más cerca de la muerte, tan detestada por los culpables, de cuanto lo estoy yo ahora. ¡Ay! ¿Qué son, entonces, el bien y el mal? ¿Son acaso la misma cosa que testimonia nuestra furibunda impotencia y el ardiente deseo de alcanzar el infinito por cualesquier medios, por insensatos que fueren? ¿O bien son dos cosas distintas? Sí… es mejor que sean la misma cosa… porque de no ser así, ¿qué me ocurrirá el día del Juicio Final? Adolescente, perdóname; éste que se encuentra frente a tu noble y sagrado rostro, es el mismo que acaba de quebrar tus huesos y desgarrar esa carne que cuelga de diversos sitios de tu cuerpo. ¿Es acaso un delirio de mi razón enferma, es acaso un instinto secreto que escapa al control de mis razonamientos, y similar al del águila que desgarra su presa, lo que me ha impulsado a cometer este crimen? ¡Y con todo yo he sufrido a la par de mi victima! Adolescente, perdóname. Cuando hayamos abandonado esta vida efímera, quiero que estemos estrechamente abrazados para toda la eternidad, que ambos formemos un único ser, tu boca íntimamente unida a la mía. Pero aún así mi castigo no será completo. Tendrás, además, que desgarrarme sin detenerte nunca, con los dientes y las uñas a la vez. Adornaré mi cuerpo con guirnaldas perfumadas para este holocausto expiatorio; y entonces sufriremos los dos, yo por ser desgarrado, tú por desgarrarme… con mi boca unida a la tuya. ¡Oh adolescente de cabellos rubios, de ojos tan dulces! ¿Harás ahora lo que te pido? Quiero que lo hagas a pesar tuyo, para que mi conciencia vuelva a ser feliz.” Después de hablar en estos términos, habrás hecho daño a un ser humano, pero al mismo tiempo serás amado por él: es la mayor dicha que pueda concebirse. Más adelante podrás internarlo en un hospital porque el lisiado no podrá ganarse la vida. Un día te llamarán magnánimo, y las coronas de laurel y las medallas de oro esparcidas sobre el gran sepulcro ocultarán tus pies descalzos al rostro del viejo. ¡Oh tú, cuyo nombre no quiero escribir en esta página que consagra la santidad del crimen!, me consta que tu perdón fue inmenso como el universo. En cuanto a mí, todavía existo.

Los Cantos de Maldoror – Canto primero – 6

ISIDORE DUCASSE – CONDE DE LAUTRÉAMONT


                                             Felicien Ropes - Le calvaire

dimanche 1 novembre 2015

Homenaje a LEWIS CARROLL - JACQUES LACAN


Texto pronunciado el 31 de diciembre 1966 en France-Culture.

                                                                                       Sylvie y Bruno

De todo tipo de verdades, Lewis Carroll da en su obra la ilustración e incluso la prueba. Verdades que, aunque ciertas, no son evidentes. Allí se discierne que sin valerse de ninguna perturbación, puede producirse malestar, pero que de este malestar se desprende una alegría singular. De entrada hago hincapié en esto, para descartar la confusión que amenaza si adelanto que el psicoanálisis es el que mejor puede dar cuenta del efecto de esta obra. También porque éste no es el psicoanálisis que se encuentra a la vuelta de la esquina. 
Sólo el psicoanálisis esclarece el alcance de objeto absoluto que puede tomar la niñita. Ello se debe a que encarna una entidad negativa que lleva un nombre que no he de pronunciar aquí si no quiero embarcar a mis oyentes en las acostumbradas confusiones.
De la niñita, Lewis Carroll se hizo el servidor, ella es el objeto que él dibuja, el oído que quiere alcanzar, ella es a la que, entre todos, él se dirige verdaderamente. ¿Cómo esta obra, después de esto, nos concierne a todos? No se lo entiende bien sin una teoría determinada de lo que hay que llamar el sujeto, la que el psicoanálisis permite.
En este punto, la curiosidad indaga para saber cómo Lewis Carroll llegó hasta allí. La curiosidad se quedará con hambre, pues la biografía de este hombre que mantuvo un escrupuloso diario, no deja de escapársenos. Ciertamente, en el tratamiento psicoanalítico de la verdad, la historia es dominante, pero no es la única dimensión: la estructura la domina. Se hacen mejores críticas literarias cuando se sabe eso. Hacer crítica sería aquí la acción adecuada a la eminencia de la obra que, ha de recordarse, conquistó el mundo.
Hecho ante el cual el pedagogo frunce el ceño al rebuscar si es algo que se le puede permitir leer a nuestros hijos. Hay que decir que sobre este punto el colmo del ridículo lo representa un psicoanalista advertido -digamos su nombre, Schilder(1)- que denuncia en esta obra la incitación a la agresividad y la pendiente ofrecida al rehusamiento
de la realidad. No se puede ir más lejos en el contrasentido sobre los efectos psicológicos de la obra de arte.
Entonces, primero habría que interrogar lo que podría llamarse la novela mítica, término vago cuyas raíces se prolongan en todos los sentidos y bien lejos. Habría que volver rápidamente con esta preciosa referencia que justamente “el país de las maravillas”, el “más allá del espejo”, la pareja angustiante de Silvia y Bruno escapados al país del más allá, no son ni mitos ni mítico, y que el imaginario ha de ser diferenciado de eso. Ni el texto ni la intriga
recurren a resonancias de significaciones llamadas profundas. No se evoca allí ni génesis, ni tragedia, ni destino. Entonces ¿cómo esta obra hace tanta mella? Ese es el secreto que toca la red más pura de nuestra condición de ser: el simbólico, el imaginario y el real. Los tres registros mediante los cuales introduje una enseñanza que no pretende innovar sino restablecer cierto rigor en la experiencia psicoanalítica, allí están, puestos en juego al estado puro y en su relación más simple.
De las imágenes, se hace un puro juego de combinaciones, pero, ¿qué efectos de vértigo se logran entonces? Combinaciones en las que se traza el plano de todo tipo de dimensiones virtuales, pero que son aquellas que dan acceso a la realidad, finalmente la más segura, la de lo imposible que de pronto se vuelve familiar. Uno se explayará a gusto sobre el poder de los juegos de palabras: también allí ¡cuántas precisiones pueden darse!, en primer lugar que nadie crea que se trata de una pretendida articulación infantil, o incluso primitiva. No daré de ello otra prueba que la de
buscar su mejor estilo en la boca del burlón que se mofa de una oca pedante al hablarle de “siligismo”, lo que ella se traga, sin darse cuenta que irá llevando por todas partes, con esa palabra, su identidad de pobre “chiflada”: Silly. ¿Maldad allí? salubridad, parienta del rasgo a destacar, que el juego de palabras en Carroll es siempre sin equívoco.
De esto resulta un ejercicio sin pedantería que al fin de cuentas me parece preparar a Alice Lidell, para evocar a toda lectora actual mediante aquella que fue la primera en deslizarse en ese corazón de la tierra que no abriga ninguna caverna, para encontrar allí problemas tan precisos como éste: que sólo se franquea una puerta proporcionada a su talla y tomar, con el conejo apurado, la medida de la absoluta alteridad de la preocupación del pasante. Esa Alicia, digo, tendrá cierta exigencia de rigurosidad. Para decirlo todo, no estará dispuesta a aceptar que se le anuncie la aritmética diciéndole que no se suman trapos con servilletas, peras con puerros -sandeces que se dicen para atascar a los niños en el manejo más simple de todos los problemas, con lo que luego se cuestionará su inteligencia.
Esto es una transición -ya que después de todo sólo tengo tiempo para empujar puertas sin ni siquiera entrar adonde ellas abren- para llegar a ocuparnos, en este momento de homenaje, del autor mismo, al que no se le hace justicia, ni a él ni a ningún otro, si no se parte de la idea de que las pretendidas discordancias de la personalidad no tienen otro alcance que el de reconocer en ellas la necesidad hacia donde se dirigen.
Se nos dice que hay un Lewis Carroll soñador, un poeta, un enamorado si se quiere, y hay un Lewis Carroll lógico, un profesor de matemáticas. Lewis Carroll está bien dividido, si se les canta, pero los dos son necesarios para la realización de la obra. 
En la inclinación de Lewis Carroll por la niñita impúber no está su genio. Los psicoanalistas no tenemos necesidad de nuestros clientes para saber al final adonde va a parar eso: a un parque público. Su enseñanza de profesor tampoco tiene nada que haga saltar los tapones: en plena época de renacimiento de la lógica y de inauguración de la forma matemática que de allí en más tomó, Lewis Carroll, por divertidos que sean sus ejercicios, queda a las
rastras de Aristóteles. Pero es del conjuro de las dos posiciones de donde surge ese objeto maravilloso, sin descifrar aún y por siempre deslumbrante: su obra. 
Sabemos de la atención que le prestaron y aún le prestan los surrealistas. Tengo ahora la oportunidad de extender mi exigencia de método, sin pretender disgustar a ningún partidario.
Lewis Carroll, se los recuerdo, era religioso, religioso con la fe más ingenua y la más estrechamente parroquial posible, aunque este término, al que han de darle ustedes su color más crudo, les inspire repulsión. Hay cartas en las que casi rompe con un amigo, colega honorable, porque ciertos temas no deben plantearse, aquellos que pueden despertar la duda, o parecerlo, respecto a la verdad radical de la existencia de Dios, de su bondad hacia el hombre, de la transmisión más racional de esa enseñanza. Digo que esto tiene su parte en la unicidad del equilibrio que realiza la obra. Esa especie de felicidad que ella alcanza, depende de esa aguada, añadidura suplementaria a nuestros dos Lewis Carroll, si así lo entienden ustedes, que llamaremos con el nombre con el que es bendito en la orilla de una historia, historia aún en curso, un pobre de espíritu.
Quisiera decir lo que me parece como la correlación más eficaz para situar a Lewis Carroll: es la épica de la era científica. No es casual que Alicia aparezca al mismo tiempo que “El origen de las especies” de la que es, si puede decirse, la oposición. Registro épico pues, que sin duda se expresa como idilio en la ideología. La correlación de los dibujos, con los que Lewis Carroll era tan cuidadoso, anuncia las tiras, quiero decir las tiras de historietas. Voy
rápido para decir que al fin de cuentas, la técnica asegura allí el predominio de una dialéctica materializada -de paso, que me entiendan los que puedan.
Ilustración y prueba, dije, así sin emoción habré hablado de esta obra, y me parece acorde con el auténtico orden de su estremecimiento.
 Para un psicoanalista, esta obra es un lugar elegido para demostrar la verdadera naturaleza de la sublimación en la obra de arte. Recuperación de cierto objeto, dije, en otra nota que hice hace poco sobre Marguerite Duras, a la que también me hubiese gustado escuchar hablar, como novelista, sobre la obra.
Siempre, al final, la teoría tiene que pasar la mano a la práctica.
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1 Schilder, Paul, “Psychoanaltycal Remarks on Alice in Wonderland and Lewis
Carroll”; in The Journal of Nervous and Mental Diseases, LXXXVII, 1938.
2 En los textos fuentes consultados dice “à l´oreille d´une histoire”.
En el audio se produce una especie de confusión homofónica entre
“oreille/orée”. Aquí se transcribe “à l´orée d´une histoire”.

ELEGANCIA VENECIANA - ÉLÉGANCE VÉNICIENNE - VENICE ELEGANCE



 
 
  
 

                                      









Hommage, à LEWIS CARROLL, de JACQUES LACAN


                    Texte prononcé le 31 décembre 1966 
                              - sur France-Culture                                         

                                       
De toutes sortes de vérités Lewis Carroll par son œuvre donne l’illustration, et même la preuve. De vérités qui sont certaines bien que non évidentes. On y discerne que sans user d’aucun trouble on peut produire le malaise, mais que de ce malaise il découle une joie singulière.

Je porte l’accent là-dessus d’abord, pour écarter la confusion qui menace si j’avance que c’est la psychanalyse qui peut rendre compte le mieux de l’effet de cette œuvre. C’est qu’aussi bien ce n’est pas cette psychanalyse qui court les rues. 
Seule la psychanalyse éclaire la portée d’objet absolu que peut prendre la petite fille. C’est parce qu’elle incarne une entité négative, qui porte un nom que je n’ai pas à prononcer ici, si je ne veux pas embarquer mes auditeurs dans les confusions ordinaires.
De la petite fille, Lewis Carroll s’est fait le servant, elle est l’objet qu’il dessine, elle est l’oreille qu’il veut  atteindre, elle est celle à qui il s’adresse véritablement entre nous tous. Comment cette œuvre nous atteint-elle tous après cela, c’est ce que ne conçoit bien qu’une théorie déterminée de ce qu’il faut appeler le sujet, celle que la psychanalyse permet.
Là-dessus, la curiosité s’enquiert de savoir comment Lewis Carroll en est-il venu là. La curiosité restera sur sa faim, car la biographie de cet homme qui tint un scrupuleux journal ne nous en échappe pas moins. L’histoire, certes, est dominante dans le traitement psychanalytique de la vérité, mais ce n’est pas la seule dimension: la structure la domine. On fait de meilleures critiques littéraires là où on sait cela.
Faire de la critique ici serait l’action appropriée à l’éminence de l'œuvre dont il faut rappeler qu’elle a conquis le monde. Fait auprès de quoi le pédagogue a bonne mine à chipoter si c’est bien là ce qu’il faut donner à lire à nos enfants. Il faut dire que le comble du ridicule là dessus est représenté par un psychanalyste, pourtant averti - disons son nom, Schilder1 qui dénonce dans cette œuvre l’incitation à l’agressivité et la pente offerte au refus de la réalité.
On ne va pas plus loin dans le contresens sur les effets psychologiques de l'œuvre d’art.
Donc, il faudrait interroger ce qu’on pourrait appeler d'abord le roman mythique, d’un terme vague qui irait prendre ses racines dans tous les sens, et bien loin.
Il faudrait vite en revenir, avec ce repère précieux que justement le pays des merveilles, l’au-delà du miroir, le couple angoissant de Sylvie et Bruno échappés du pays d’ailleurs, ne sont ni des mythes ni du mythe, et que l’imaginaire est à en distinguer. Le texte ni l’intrigue ne font appel à aucune résonance de significations qu’on appelle profondes. On n’y évoque ni genèse ni tragédie ni destin. Alors, comment cette œuvre a-t-elle tant de prise? C’est bien là le secret, et qui touche au réseau le plus pur de notre condition d’être : le symbolique, l’imaginaire et le réel. Les trois registres par lesquels j’ai introduit un enseignement qui ne prétend pas innover, mais rétablir quelque rigueur dans l’expérience de la psychanalyse, les voilà, jouant à l’état pur dans leur rapport le plus simple.
Des images, on fait pur jeu de combinaisons, mais quels effets de vertige alors n’en obtient-on pas. Des combinaisons, on dresse le plan de toutes sortes de dimensions virtuelles, mais ce sont celles qui livrent accès à la réalité en fin de compte la plus assurée, celle de l’impossible devenu tout à coup familier. On s’étendra à son aise sur le pouvoir du jeu de mots : là encore que de précisions à donner, et d’abord qu’on n’aille pas croire qu’il s’agisse d’une prétendue articulation enfantine, voire primitive. Je n’en donnerai pour preuve que d’en trouver le meilleur style dans la bouche du railleur qui bafoue une oie pédante lui parlant de « sylligisme », ce qu’elle gobe sans s’apercevoir qu’elle ira porter partout de ce mot son identité de pauvre « toquée », Silly. Méchanceté là dedans? Salubrité et parente du trait à relever que le jeu de mots dans Carroll est toujours sans équivoque. 
Il en résulte un exercice sans pédantisme, qui en fin de compte me paraît préparer Alice Liddell, pour évoquer toute vivante lectrice par la première à avoir glissé dans ce cœur de la terre qui n’abrite nulle caverne pour y rencontrer des problèmes aussi précis que celui-ci : qu’on ne franchit jamais qu’une porte à sa taille, et prendre avec le lapin pressé bien la mesure de l’absolue altérité de la préoccupation du passant. Que cette Alice, dis-je, aura quelque exigence de rigueur. Pour tout dire, qu’elle ne sera pas toute prête à accepter qu’on lui annonce l’arithmétique en lui disant qu’on n’additionne pas des torchons avec des serviettes, des poires et des poireaux – bourde bien faite pour boucher les enfants au plus simple maniement de tous les problèmes dont ensuite on va mettre leur intelligence à la question.
Ceci est transition - puisque après tout je n’ai pas le temps, mais seulement de pousser des portes sans même entrer où elles ouvrent -pour en venir à l'auteur lui-même en ce moment d’hommage, qu’on ne lui fait justice, à lui comme à aucun autre, si on ne part pas de l’idée que les prétendues discordances de la personnalité n’ont de portée qu’à y reconnaître la nécessité où elles vont.   
               
Il y a bien, comme on nous le dit, Lewis Carroll, le rêveur, le poète, l’amoureux si l’on veut, et Lewis Carroll, le logicien, le professeur de mathématiques. Lewis Carroll est bien divisé, si cela vous chante, mais les deux sont nécessaires à la réalisation de l'œuvre. 
Le penchant de Lewis Carroll pour la petite fille impubère, ce n’est pas là son génie. Nous autres psychanalystes n’avons pas besoin de nos clients pour savoir où cela échoue à la fin, dans un jardin public. Son enseignement de professeur n’a rien non plus qui casse les manivelles : en pleine époque de renaissance de la logique et d’inauguration de la forme mathématique que depuis elle a prise, Lewis Carroll, quelque amusant que soient ses exercices, reste à la traîne d’Aristote. Mais c’est bien la conjuration des deux positions d’où jaillit cet objet merveilleux, indéchiffré encore, et pour toujours éblouissant : son œuvre.
On sait le cas qu’en ont fait et en font toujours les surréalistes. Ce m’est l’occasion d’étendre mon exigence de méthode, n’en déplaise à aucun esprit partisan. 
Lewis Carroll je le rappelle était religieux, religieux de la foi la plus naïvement, étroitement paroissiale qui soit, dût ce terme auquel il faut que vous donniez sa couleur la plus crue
vous inspirer de la répulsion. Il y a des lettres où il rompt quasiment avec un ami, un collègue honorable parce qu’il y a des sujets qu’il n’y a même pas lieu de soulever, ceux qui peuvent faire lever le doute, fussent en donner le semblant,
sur la vérité radicale de l’existence de Dieu, de son bienfait pour l’homme, de l’enseignement qui en est le plus rationnellement transmis. Je dis que ceci a sa part dans l’unicité de l’équilibre que réalise l'œuvre. Cette sorte de bonheur auquel elle atteint, tient à cette gouache, l’adjonction de surcroît à nos deux Lewis Carroll, si vous les entendez ainsi, de ce que nous appellerons du nom dont il est béni à l’orée d’une histoire, l’histoire encore en cours, un pauvre d’esprit.
Je voudrais dire ce qui m’apparaît la corrélation la plus efficace à situer Lewis Carroll : c’est l’épique de l’ère scientifique. Il n’est pas vain qu’Alice apparaisse en même temps que « L’Origine des Espèces » dont elle est, si l’on peut dire, l’opposition. Registre épique donc, qui sans doute s’exprime comme idylle dans l’idéologie. La corrélation des dessins, dont Lewis Carroll était si soucieux, nous annonce les bandes, j’entends les bandes dessinées.
Je vais vite pour dire qu’en fin de compte, la technique y assure la prévalence d’une dialectique matérialisée –que m’entendent au passage ceux qui le peuvent. 
Illustration et preuve, ai-je dit, c’est ainsi, sans émotion, que j’aurai parlé de cette œuvre, et il me semble en accord avec l’ordre authentique de son frémissement. Pour un psychanalyste, elle est, cette œuvre, un lieu élu à démontrer la véritable nature de la sublimation dans l'œuvre d’art. Récupération d’un certain objet, ai-je dit, dans une autre note que j’ai faite récemment sur Marguerite Duras, dont j’aurai bien aimé l’entendre aussi parler de l'œuvre en romancière.
C’est toujours à la pratique que la théorie enfin a à passer la main.


 1- Schilder, Paul, « Psychoanaltycal Remarks
 on Alice in Wonderland and Lewis Carroll »,
 in The Journal of Nervous Diseases, LXXXVII, 1938